jueves, 23 de junio de 2016

La fiesta de San Juan Bautista en la historia de Puerto Rico

La noche del 23 al amanecer del 24 de junio, la conocemos como la fiesta de la "Noche de San Juan Bautista". Dicha fiesta, de acuerdo a la tradición cristiana, marcó el evento del nacimiento del santo Juan "el Bautista". Juan, era el hijo de Zacarías, quien habría dicho que de nacer su hijo, haría una gran fogata y saltaría sobre ella, dando las gracias a Dios por tan añorado regalo y este, a su vez, anunciaría la buenas nuevas para el mundo. Juan, de acuerdo a la tradición, fue el que bautizó a Jesús en el río Jordán. De hecho, nacería 6 meses antes del nacimiento de Jesús. Es por ello, que es el único santo de la Iglesia que celebra su natalicio el mismo día, entiéndase, el 24 de junio.

Sin embargo, esta fiesta se lleva a cabo muy cerca del cambio de estación de primavera a verano, es decir, el Solsticio de Verano, que en el hemisferio norte ocurre entre el 20 y 21 de junio. Esa fecha, sería el día más largo del año y la noche más corta. La llegada del Solsticio de Verano, para los pueblos en la antiguedad era una de celebración, en especial, por las buenas cosechas y la fertilidad de la tierra. Se daban cuenta de que en ciertos días del año, el sol reducía su radiación y para esas fechas era todo lo contrario. En agradecimiento, la noche del 23 al 24 de junio, se celebraban rituales, como lo era el encedido de una fogota, por lo cual, practicaban danzas alrededor de la misma en honor por lo productivo de los pasados seis meses. También se ha vinculado la fiesta a rendir tributo al sol. Los antepasados europeos, y de otras latitudes, eran muy observadores de los movimientos de la naturaleza. Comprendieron los cambios de esta, llegando incluso a nombrar dichos eventos de la naturaleza, designando las épocas del año en: invierno, primavera, verano y otoño, las cuatro estaciones de tres meses cada una. Tanto en la antiguedad como en la Edad Media, la celebración formó parte de las tradiciones y rituales de los habitantes. Los pueblos Celtas, entre otros, celebraban el mismo con eventos y celebraciones en forma de agradecimiento también. Los romanos, adoptaron las festividades, pero en honor a la diosa Minerva, haciendo uso del fuego y las llamas con el propósito de purificación, o al menos, para dirigirse hacia la guerra y tener éxito en estas.

Posteriormente, los romanos acogieron esta festividad de otra manera; dejó de ser una fiesta pagana para convertirse en una festividad religiosa cristiana que, como expliqué más arriba, se convirtió en la celebración del santo San Juan Bautista.  Recordemos que para el siglo IV de nuestra era el Imperio Romano acogió el cristianismo, esto durante el reinado del emperador Constantino.

Para los puertorriqueños, la Noche de San Juan, es una noche también de celebración, por lo que se celebra en la playa, dándose un buen chapuzón 12 veces de espalda en las aguas bien sea del Atlántico o del Mar Caribe, o también, en algún río o piscina. Una celebración que para algunos esperan que les traiga suerte en los meses venideros.

Puerto Rico acogió esta celebración vía España. Allá en la península Ibérica, se celebra ese día de distintas maneras, bien sea teniendo un carácter religioso o de celebración estival. No obstante, en Puerto Rico también la celebración tiene su carácter religioso, ya que la capital de la Isla se le conoce como San Juan Bautista.

Ahora bien, veamos como se relaciona esta celebración con nuestra historia en Puerto Rico. En el año 1493, don Cristóbal Colón, en su segundo viaje, llegó a una Isla que le daría el nombre de San Juan Bautista; de hecho, en la carta que el Almirante enviara a los reyes en el año 1494, este le señalaba que había llegado a una Isla que le pareció hermosa y que nombró, precisamente, con el nombre de "Sant Juan Baptista". Fue ahí que comenzó la relación con los europeos peninsulares y, por consiguiente, el traslado a la Isla de sus costumbres y tradiciones.

No fue hasta el año 1509, cuando Juan Ponce de León, comenzaría de manera oficial el proceso de exploración, colonización y conquista de la isla de San Juan Bautista, después del fallido intento de Vicente Yáñez Pinzón, a quien se le había otorgado unas capitulaciones en 1505 para realizar el proceso de exploración de la isla. En 1520, en una carta que cursara al emperador Carlos V, el vasallo del rey, don Baltasar de Castro, este le informaba que la ciudad (que hasta ese momento estaba en el poblado llamado de Caparra) se mudaría a otro lugar más seguro y que podría defenderse de los ataques de los temidos Caribes que asechaban las costas de la Isla y que se internaban en su interior también. Decía el vasallo del rey, en una breve descripción del lugar que "... está en el puerto donde surgen los navíos, muy buen asiento: creemos que por lo saludable... á propósito para la construcción de, se poblará mucho mas que estaba." El redactor de la carta se refería precisamente a la isleta que llamarían, posteriormente, San Juan Bautista, que hoy día es la sede del Gobierno Municipal de la Capital y de la gobernación de la isla de Puerto Rico.

Es muy probable, que los primeros europeos en llegar a la isla de San Juan Bautista en el siglo XVI, celebraran las festividades del santo patrón. No fue hasta que nuestra historiografía del siglo XVIII, comenzó a recoger las celebraciones de la fiesta patronal dedicado a este santo, en especial en la ciudad de San Juan. Durante el siglo XVIII, especificamente en la década de 1770 de ese siglo, llegó a la Isla el fraile de la órden de los benedictinos, Fray Iñigo Abbad y Lasierra, con el propósito de servir como secretario del Obispo en ese momento.

Este identificado con las ideas de la ilustración europea, comenzó a observar a los habitantes, y a tomar notas sobre lo vivido en su estancia en Puerto Rico. En lo que se ha considerado nuestro primer libro de historia puertorriqueña titulado: Historia geográfica, civil y natural de la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico, este dedica en su capítulo XXXI del mismo, varios párrafos para destacar las festividades de San Juan Bautista. En ella, el autor narra con lujo de detalles como se manifestaban los vecinos de San Juan durante la celebración de su fiesta patronal. Por su narración nos deja establecido que tanto las autoridades de gobierno y el eclesiástico, así como los ciudadanos celebraban el mismo; en el caso de los primeros dos, eran solemnes, mientras que el populacho lo hacía de una manera peculiar. A diferencia de los antiguos pueblos en Europa, los del Asia Menor, y en otros lugares, en la isla de Puerto Rico tal vez no se encendían fogatas para dar culto a lo que fue un buen año de buenas cosechas, o para celebrar que el Solsticio de Verano, sino más bien, la gente salía de sus casas luciendo sus mejores galas para la ocasión. Veamos como lo narra Abbad y Lasierra:

"Las fiestas principales las celebran también con corridas de caballos, á que son tan propensos como diestros. Nadie pierde esta diversión: hasta las niñas más tiernas no pueden tenerse, las lleva algunos sentadas en el arzón de la silla de su caballo. En cada pueblo hay fiestas señaladas para correr los días más solemnes. En la Capital, son los de San Juan, San Pedro y San Mateo. La víspera de San Juan al amanecer entra gran multitud de corredores que vienen de los pueblos de la isla á lucir sus caballos: cuando dan las doce del día salen de las casas hombres y mujeres de todas edades y clases montados en sus caballos enjaezados con toda la mayor ostentación á que puede arribar cada uno. Son muchos los que llevan las sillas, mantillas y tapafundas de terciopelo bordado ó galoneado de oro, mosquiteros de lo mismo, frenos, estribos y espuelas de plata: algunos añaden pretales cubiertos de cascabeles del mismo metal. Los que no tienen caudal para tanto cubren sus caballos de variedad de cintas, haciéndoles crines, colas y jaeces de este género adornándolos con todo el primor y gusto que pueden, sin detenerse en empeñar ó vender lo mejor de su casa para lucir en la corrida. 

"Esta no tiene órden ni disposición alguna: luego que dan las doce de la víspera de San Juan salen por aquellas calles con sus caballos, que son muy veloces y de una marcha muy cómoda. Corren en pelotones, que por lo común son de los amigos ó parientes de una familia; dan vueltas por toda la ciudad sin parar ni descansar en toda la noche, hasta que los caballos se rinden. Entonces toman otros y continúan su corrida con tanta vehemencia, que parece un pueblo desatado y frenético, que corre por todas partes."

En cuanto a la celebración por parte de la oficialidad del estado y eclesiástico, Abbad y Lasierra, señalaba en su libro que a eso de las nueve de la mañana- del día del santo patrón- tanto los funcionarios del cabildo de San Juan, la guarnición militar representadas por sus dos compañías de milicias y presididos por el Gobernador, paseaban en sus caballos luciendo "... las galas, palafrenes, jaeces...", etc..., y que dirigiéndose hacia la Catedral de San Juan escuchaban misa; una vez concluida la misma, y los funcionarios regresaban a sus respectivas oficinas regresaría la fiesta que, según el autor, el pueblo "... con toda la ostentación posible, sin que por este acto tan circunspecto y magnífico se suspendan en las otras calles las carreras, voces y zambra con que las gentes desahogan su extremado regocijo ó loca pasión, que reina aquel día." La celebración duraría hasta bien entrada la noche.

El historiador Arturo Morales Carrión en su libro: Historia del Pueblo de Puerto Rico: Desde sus orígenes hasta el siglo XVIII, hace una observación interesante partiendo de la lectura de Abbad y Lasierra. Este señalaba en su obra y, haciendo una recreación de esta festividad en San Juan de Puerto Rico, que "Llénanse las calles y plazas de los corredores al galope. Hay curiosos en puertas y balcones y hasta en los techos y azoteas. Por todas partes cunden el bullicio, las risas, las provocaciones..." A finales del siglo XVIII, el visitante francés André Piérre Ledrú en 1797, había descrito esta celebración en San Juan en su libro Viaje a la isla de San Juan. La fiesta que cuenta este testigo, suponía una de gran celebración carnavalesco, y no era para menos, semanas antes habían logrado- los puertorriqueños- la victoria frente a los ingleses en la célebre invasión inglesa en que el almirante, Sir Ralph Abercrombie, fue derrotado en sus intensiones de convertir a Puerto Rico en parte del imperio inglés.

El también historiador Angel López Cantos, nos cuenta en su libro Los puertorriqueños: mentalidad y actitudes (siglo XVIII), que dicha celebración en el año 1707, había sido prohibido por el obispo Urtiaga, exponiendo que el año anterior había sido una fiesta desenfrenada con hombres y mujeres enmascarados corriendo a caballo por San Juan dando paso a cometer "...gravísimos pecados... [y] ...gravísimos perjuicios de las honras..." No hay duda que los pueblos celebran sus festividades de distintas maneras es la tradición que perdura y está presente. Aunque ya no se celebra la fiesta de San Juan Bautista a la manera del siglo XVIII, si se han adoptado otras formas de celebrar el mismo.

Ciertamente la historia de la celebración de la tradicional fiesta de Noche de San Juan Bautista en Puerto Rico, se celebraba en aquel siglo XVIII de forma solemne, pero que a la misma vez, los sanjuaneros se divertían en grande, luciéndose en sus caballos. El equino era el medio que utilizaban para visitar sus hatos o estancias allá en el campo, como le decían al resto de la Isla. Esta es parte de la historia de esta celebración en la isla de Puerto Rico.


sábado, 18 de junio de 2016

Guayama


Adquiera esta obra
Historia de una ciudad: Guayama, 1898-1930

Dr. Alexis O. Tirado Rivera
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viernes, 18 de marzo de 2016

Miguel Hernández Agosto: mis recuerdos de un gran líder

En la mañana de hoy viernes, 18 de marzo de 2016, Puerto Rico recibió la triste noticia del fallecimiento de uno de los hombres más prolíficos en la política puertorriqueña en el último cuarto del pasado siglo.  Me refiero al ex presidente del Senado, Miguel Hernández Agosto.  Tuve el privilegio de conocer a don Miguel, para allá a finales de la década de 1970, cuando fungía como Presidente del Partido Popular Democrático; había sustituido a Rafael Hernández Colón en la presidencia del partido, para que el ex gobernador pudiera redactar un documento que titularía La Nueva Tesis, que era planteamientos y reflexiones sobre el futuro del Estado Libre Asociado de Puerto Rico.

En esa época, yo tenía apenas 10 años; y mi papá era miembro de la Cámara de Representantes de Puerto Rico, en representación del antiguo distrito representativo número 30 de Guayama- Patillas, en su segundo cuatrienio consecutivo.  En esas gestas con papi, es que conocí a Miguel Hernández Agosto.  En 1979, papi fue electo Vice- Presidente del Comité Municipal del Partido Popular Democrático de Patillas, en unión a José Juan (Cheguan) Latalladi Bernier, como presidente y candidato a alcalde en las elecciones de 1980. Fue una campaña dura, la recuerdo muy bien, donde el incumbente era Benjamín Cintrón Lebrón, un joven que había logrado la victoria para la alcaldía en 1976- por el Partido Nuevo Progresista- en medio de una división profunda en el seno del Partido Popular Democrático de Patillas.  Aún así, en las elecciones de 1976 papi ganó, perdiendo el Partido Popular los municipios de Maunabo, Patillas y Arroyo.  Una gran victoria donde la gente supo establecer distancias de los buenos líderes que venían al verdadero servicio público.

Recuerdo en esas gestas conocer a don Miguel.  Su figura era imponente.  Su verbo, aún más, un orador de primera.  Las elecciones de 1980, recuerdo muy bien, papi había decidido buscar un tercer término como representante.  Y nosotros ahí nuevamente.  En en este proceso que tuve la gran oportunidad de estar en conversaciones interminables, en caminatas largas, en caravanas, en mítines de mucha gente, donde estaba presente don Miguel Hernández Agosto.  Lo recuerdo en caminatas en el barrio Corazón y Olimpo de Guayama; en caminatas y mítines en los barrios de Los Pollos y Quebrada Arriba de Patillas; en Yaurel de Arroyo, y en Maunabo, donde don Miguel tenía un gran interés en recuperar aquel municipio que se había perdido en las elecciones de 1976.

Desde esa edad de 10 años, conocí el pensamiento de don Miguel.  Luego de finalizada muchas de esas actividades, se invitaba a don Miguel a una cena en casas de líderes de barrio del partido, y en muchas de estas participé y pude apreciar y distinguir tan figura importante en nuestro país.  Aún más, el saber que había sido parte del gabinete de los gobernadores Luis Muñoz Marín y Roberto Sánchez Vilella; pero, más todavía, el haber sido el sucesor de Muñoz en el Senado en el 1970, era un bálsamo de experiencias extraordinarias.  Estaba frente a un líder.

Aquella elección de 1980, ha sido una de las más controversiales en nuestra historia política.  Don Miguel, logró ganar el control del Senado de Puerto Rico.  Ganó los distritos de Guayama, Ponce, Mayaguez, Arecibo y Humacao.  Y en gran medida, las victorias en las casas alcaldías de Guayama, Patillas y Maunabo, se le debe a la elaboración de estrategias inteligentes que él supo manejar para recuperar esos ayuntamientos.

En aquellas campañas don Miguel dialogaba mucho conmigo; y a mi edad, para mi fue interesante.  Quería escucharme, que yo podría decir sobre la campaña, entre otros.  Pues algo que el muy bien supo fue el escuchar.

Posteriormente, como Presidente del Senado de Puerto Rico, nos encontramos en muchas batallas y en resultados victoriosos.  Cuando papi decidió correr para Senador por el Distrito de Guayama en 1988, en aquella campaña eleccionaria, nuevamente pudimos conversar; pero también nos encontrábamos en el intermedio de 1985 a 1988, cuando papi era Administrador del Fondo del Seguro del Estado y él continuaba como Presidente del Senado.  En aquella ocasión recuerdo su campaña para presidir el Comité del Partido Demócrata en Puerto Rico, primarias cuyo contrincante lo era Carlos Romero Barceló.  En aquella ocasión, acompañé a él y a papi, por los pueblos del distrito de Guayama en campaña.  Logramos aquellas victoria, y nuevamente hablamos muchísimo sobre el país.  Ya estaba en la universidad y llegaba a los veinte años.

Hago este recuento, gratísimo por demás que viene a mi memoria, porque conocí del don de gente de don Miguel.  Hombre que se preocupó por el servicio al país; el país primero por encima de todo, como habría dicho también otro ex presidente del Senado, Antonio R. Barceló, en la década de los 1920.

El alcalde de Guayama, Eduardo E. Cintrón Suárez, siempre hace este cuento histórico.  Recuerda mi querido amigo Eduardo, que en una actividad del Lcdo. José Alfredo Hernández Mayoral, celebrado en Mayaguez, cuando fue a lanzar su candidatura a Comisionado Residente de Puerto Rico en Washignton en 1999, don Miguel fue la persona que presentó al Lcdo. Hernández Mayoral.  Y en su discurso, don Miguel, me mencionó como uno de aquellos jóvenes que él consultaba sus pasos políticos y su pensamiento.  En aquella ocasión, yo tuve la oportunidad de escuchar ese discurso por radio desde mi hogar en Guayama. Un discurso intersante por demás y aleccionador.

La última vez que saludé a don Miguel, fue en el homenaje que en abril del pasado año le rindiera el Senado de Puerto Rico.  Allí, le pude entregar mi libro Historia de una ciudad: Guayama, 1898- 1930.  Fue la última conversación que tuve con él.

Para mí fue un verdadero honor conocerle personalmente, y ser admirador.

Hoy, Puerto Rico pierde a un gran hombre.  Un cooperativista, un maestro, un defensor de la escuela pública y de las instituciones del país; pero más que todo, un hombre de avanzada.  Supo reconocer los errores del pasado y rectificarlo, por eso dialogaba con la gente.  Esa fue su grandeza para con este país.  Un puertorriqueño nato.  Nunca vendió a su país ni a sus instituciones.  

La historia recogerá su obra para las futuras generaciones.

En paz descanse mi querido amigo Miguel Hernández Agosto.

domingo, 10 de enero de 2016

Los 280 años de la fundación de la Ciudad de Guayama

Este próximo 29 de enero de 2016, Guayama está de aniversario.  Ese día se celebra los 280 años de la fundación de la ciudad, de acuerdo a las fuentes históricas.  El 29 de enero de 1736, el gobernador militar de Puerto Rico, Matías de Abadía, autorizó la fundación de la ciudad.  Es partir de ese entonces, que Guayama obtuvo el reconocimiento de parte de las autoridades españolas, para la formación de un poblado. Sin embargo, la evolución histórica de Guayama, no data desde esa fecha.  Desde los inicios de la colonización española de la Isla en el siglo XVI, es que tenemos constancia de la presencia de pobladores europeos en la región que se llamaba, en aquel entonces, como Guayama.  Sabemos, que Guayama comprendía desde lo que es hoy día Aguirre hasta la jurisdicción del Cabo de Mala Pascua, entre Patillas y Maunabo.
Guayama visto desde la montaña. (Foto tomada por el autor, @ 2014)
Guayama, que en lengua indígena se le llamaba "El Sitio Grande", estuvo vinculado a una economía próspera, siendo parte importante en el desarrollo de la isla de Puerto Rico.  Desde los inicios de la colonización en el siglo XVI, la caña de azúcar, así como la ganadería y la producción de frutos menores, fueron entes importantes en el desarrollo de la región.  Es posible que los primeros habitantes en ocupar el extenso valle de Guayama, lo hicieran en lo que hoy día conocemos como Machete; pero también, no se descarta otros lugares cercanos.  Una de las ventajas de Guayama, sin lugar a dudas, era su puerto y su fácil acceso al Mar Caribe.  De hecho, las crónicas del siglo XVI nos mencionan los constantes ataques a que eran sometidos los pobladores por parte de indios "Caribes", así como, de corsarios franceses e ingleses que merodeaban el extenso valle del sureste de la Isla.

Para el año 1765, cuando el enviado del rey español, Carlos II, el mariscal de campo, Alejandro O'Reilly, visitó la Isla, Guayama tenía 2,204 habitantes; y para 1776 cuando el fraile Iñigo Abbad y Lasierra escribe el libro Historia geográfica, civil y natural de la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico, la población ascendió a 4,589 habitantes, números que pudieran estar en controversia.  No obstante, independientemente del número de habitantes que ofreciera el fraile, la población de Guayama fue en aumento.  De hecho, el siglo XVIII, fue donde se comenzó a registrar aumento poblacional en Puerto Rico.  A finales del siglo XVIII, la población de Guayama rondaba, de acuerdo al botánico francés, André Pierré Ledrú, 5,120 habitantes, un número considerable de pobladores.

Dibujo de "El Pueblo de Guayama" por Augusto Plée. Ca. 1822.
(Archivo General de Puerto Rico. Archivo de Fotografías, Colección Augusto Plée)
El desarrollo vertiginoso de la ciudad se debió, en gran medida, al auge de la siembre de caña de azúcar en su extenso valle.  A partir de la segunda década del siglo XIX, y con la extensión a Puerto Rico de la Real Cédula de Gracias, firmada por el rey Fernando VII en 1815, muchos inmigrantes llegaron a Guayama con el propósito de obtener riquezas, con el producto de la siembra de dicho producto.

De ahí, podemos señalar, que en gran medida el desarrollo comercial de la ciudad, en el siglo XX, se debió a ese impulso económico que sucedió en la ciudad.  De hecho, durante el siglo XIX Guayama contó con al menos 30 haciendas azucareras que, definitivamente, tuvo un gran impacto en Guayama y la región. 

Histórica chimenea de la antigua
Central Machete de Guayama
(Fotografía del autor. @2015)
Molino de la antigua Hacienda La Esperanza o Vives de Guayama.
(Fotografía del autor. @2010)
 Hay que señalar, que Guayama, al igual que la municipalidad de Arroyo, se convirtieron en lugares donde se establecieron familias extranjeras y, que muchos de estos, estaban relacionados con la economía azucarera.  

Cabe destacar las familias prominentes que fueron parte del desarrollo de la ciudad.  Podemos mencionar, a la familia Cautiño, que en las últimas décadas del siglo XIX, se establecieron en Guayama, ejerciendo influencias en el ámbito económico y político.  Tanto Genaro Cautiño Vázquez, como Genaro Cautiño Insúa, pertenecieron en épocas distintas al Gobierno Municipal de Guayama; el primero siendo parte del antiguo Concejo Municipal y el segundo siendo electo Alcalde entre 1912 y 1918 y, posteriormente, ocupando el cargo de Presidente de la Asamblea Municipal de Guayama en el cuatrienio de 1924 a 1928.

Casa familia Cautiño. Terminada su construcción en el año 1887.
(Fotografía tomada por el autor, sept. @2012)
El desarrollo de la ciudad de Guayama en estos 280 años ha sido uno donde su gente han sido los protagonistas principales de esta historia.  Guayama, en la economía; Guayama, en el desarrollo político del país; Guayama, en las principales luchas y gestas, como las libradas en las décadas de 1950 en adelante, por insertar a la ciudad en la economía industrial de la Operación Manos a la Obra; en fin, el Guayama de hoy es el de Guayama de todos.  Rumbo al tricentenerio, los guayameses y aquellos que han adoptado a esta ciudad como el lugar para vivir, deben sentir un orgullo particular por las grandes gestas.  Las luchas obreras en la industria cañera; de aquellas mujeres y sus luchas en la industria de la aguja.  

Coincidentalmente, este año también, la ciudad celebra el centenario de la "Reforma a la Casa Alcaldía", cuando hace cien años, la administración municipal dirigida por el alcalde Genaro Cautiño Insúa, desarrolló el proyecto de transformación de la sede del Gobierno Municipal en una moderna edificación de dos pisos. De ahí, se levantó regia el ayuntamiento y sus reformas posteriores.

Casa Alcaldía de Guayama, reformada en el año 1916 durante la administración
del alcalde Genaro Cautiño Insúa. (Fotografía del autor. @2012)
La historia de Guayama debemos entenderla y apreciarla, y, sobretodo, distinguirla.  En sus 280 años de la fundación de esta ciudad, te invito a leer mi libro Historia de una ciudad: Guayama, 1898- 1930, donde podrás profundizar desde el análisis histórico el Guayama del pasado.

Sigamos haciendo historia de esta ciudad.

Alexis O. Tirado Rivera, Historia de una ciudad: Guayama, 1898- 1930. (Caguas, Puerto Rico: Ediciones Bayoán, 2014), 250 pp.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

El 25 de noviembre de 1897 (La Carta Autonómica)

Un día como hoy, el gobierno de la reina regente español, María Cristina, firmó los decretos para otorgar a Puerto Rico, un gobierno de corte autonómico. Comparto un artículo que publicara en la conmemoración del centenario de dicho documento en el año 1997. Reflexionemos sobre este acontecimiento de hace 118 años.

La Carta Autonómica de 1897: A cien años

Por: Alexis Oscar Tirado Rivera

A Cirilo Tirado, hijo; autonomista

por excelencia, quien hoy disfruta

sus luchas de hace diez años.

El 25 de noviembre de de 1897, fue concedida a la isla de Puerto Rico por Real Decreto, autorizando para la formación de un gobierno de carácter autonómico. Tardó cuatrocientos años para que finalmente se le reconociera a los isleños la facultad de gobernarse por si mismos, aunque en una relación política con la metrópolis. Si bien este Gobierno Autonómico duró poco, el mismo estatuto (la Carta Autonómica) vale la pena ser recordado a cien años de haberse otorgado.

Desde la elección del primer diputado a Cortes, Ramón Power y Giralt, los puertorriqueños vienen abogando por mayores libertades en su forma de gobierno. Esto lo vemos muy claramente en las instrucciones impartidas por los atuntamientos locales, como el de San Germán, que fue claro en señalar que si España perdía frente a Napoleón, la Isla quedaría libre e independiente. A pesar de que Power logró que se aprobara legislación de avanzada, en términos económicos en aquellas Cortes, su gestión por lograr otros reconocimientos políticos quedó troncada.

Los sube y baja tanto de la monarquía como de los liberales en España, entre 1813, 1833 y 1868, relegó a Puerto Rico a un segundo plano durante el siglo XIX, asunto no nuevo en las relaciones entre la metrópolis y sus colonias. Por ejemplo, en 1813 sube nuevamente el absolutista Fernando VII. Este abolió las Cortes y dejó en suspenso nuevas reformas para las posesiones de ultramar. En 1833, al morir el monarca, se desata en la península una nueva revuelta, cuyo resultado fue la instauración de la Constitución de 1812; pero Puerto Rico seguía sin representación política definida, y según la nueva Constitución (1833) se regiría por "leyes especiales", que nunca llegó, a pesar de que la península sufrió un nuevo cambio de gobierno y una nueva Constitución, la más liberal hasta ese momento.

Para 1870, comienzan a conocer los puertorriqueños el sistema de partidos políticos. Las dos tendencias que conocemos el Liberal y Conservador, entrarán en pugna por el resto del siglo, que irónicamente llega hasta nuestros días. El primero se le identifica como los promotores del cambio a base de una fórmula autonómica y el segundo abogará porque no haya cambio alguno, o sea, status quo.

No es hasta la década de 1890 que comienza la batalla por la reformas verdaderas que necesita el país. Luis Muñoz Rivera, será la figura central en todo el proceso de reformas en el gobierno local. Este se había convertido en el líder del Partido Autonomista, el cual buscaba reformas administrativas con autonomía, es decir, el Gobierno en manos de los puertorriqueños. Pero para poder llegar a ese autogobierno había que unirse a un partido español en forma de pacto, que garantizara las reformas. Esta idea, no fue del agrado de muchos en ese Partido, servirá para comprometer de verdad a España para conceder las reformas propias de gobierno. Con el estallido de la Guerra de Independencia en Cuba para 1895, era inminente que se concediera libertad política a los isleños. Muñoz Rivera, propuso unirse al Partido Liberal Monárquico, cuyo dirigente lo era Práxedes Mateo Sagasta, que se había comprometido en su programa con la autonomía antillana.

No fue hasta 1897 que el partido de Sagasta ascendió al poder, tras el asesinato del presidente de Gobierno, Antonio Cánovas del Castillo. Este último dirigía además el Partido Conservador. En agosto de ese año, Sagasta comienza a trabajar junto a su Consejo de Ministros en las reformas a otorgarse a Puerto Rico tras el pacto con Muñoz Rivera.

Como mencioné, el 25 de noviembre de 1897, se hizo realidad las verdaderas reformas al gobierno isleño. La Reina Regente, María Cristina, firmó el decreto de la "Constitución Autonómica para Puerto Rico". Aparte de firmar otros decretos, entre ellos el que extiende a Puerto Rico el Título 1ro de la Constitución (que concedía libertades) y la Ley Electoral de 1870.

Sagasta, en su discurso a la Regente, menciona las bondades del nuevo régimen, entre los cuales que esta Constitución Autonómica "... no es exótica, ni copiada, ni imitada; es una organización propia..." y que "... de suerte... mientras los representantes del pueblo insular gobiernan desde sus cámaras locales los intereses propios especiales de su país, otros elegidos por el mismo pueblo, asisten y cooperan en las Cortes en la formación de las leyes...". Con esa visión de otorgar ese gobierno propio es que se concede estas reformas administrativas y políticas.

Ahora bien, ¿qué concedió la Carta Autonómica a los puertorriqueños? Primero, otorgó una verdadera representación política con dos cámaras legislativas electas: la Cámara de Representantes y el Consejo de Administración. La Cámara era electa en su totalidad, mientras que el Consejo, de quince que componían, ocho eran electos; así que los puertorriqueños dominaban la Asamblea Legislativa. Para poder ser electo consejero, había que nacer en Puerto Rico o residir en ella cuatro años antes de su elección, a parte de tener una renta no menor de 4,000 pesos. Mientras los representantes se le exigía el primer requisito y el segundo se obvió.

Esta Asamblea Legislativa tenía facultades para: legislar y atender todos los asuntos coloniales. A saber: hacienda, presupuesto, agricultura, industria, comercio y obras públicas. Lo más importante de esta reforma es que se concedió la facultad de negociar tratados de comercio con otros países, aunque expresamente se daba la iniciativa tanto al Gobierno Local como al Central, esto aprobado por las Cortes (Artículo 37). Los Tratados de Comercio Internacional, donde no haya intervención del Gobierno Insular, se comunicará a este último para si desea o no unirse al mismo. Si es aceptado, entonces es ley (Artículo 38).

La función del Gobernador es ser el representante máximo del Reino español. Este atenderá los asuntos de España en la Isla. Sus poderes se limitará a hacer cumplir las leyes promulgadas por la Asamblea Legislativa de Puerto Rico. Gobernará con un Gabinete. Formarán ese Gabinete Autonómico los secretarios de Gobernación, Gracia y Justicia; Hacienda; Instrucción Pública; Obras Públicas y Comunicaciones y Agricultura, Comercio e Industria, todos de nueva creación. La Carta Autonómica le concedió amplios poderes a los gobiernos municipales isleños. A pesar de que ésta era la máxima expresión de autogobierno que podía alcanzar una colonia en relación con la metrópoli, la misma no pudo ponerse en vigar en toda su extensión en la Isla, debido a los acontecimientos de la guerra con los Estados Unidos que estalló en un mal momento para los puertorriqueños. En marzo de 1898 se procedió con la elección de la Asamblea Legislativa, obteniendo un triunfo amplio Luis Muñoz Rivera y su Partido Liberal Autonomista. Las cámaras apenas pudieron reunirse y el Gabinete no pudo llevar a cabo su gestión prescrita en la Constitución. La Isla cayó en manos estadounidense en julio 25 de 1898.

Para Puerto Rico no fue fácil desprenderse de una victoria política como significó la Carta Autonómica. El júbilo de aquel 25 de noviembre de 1897, hace cien años, duró poco. "A comenzar de nuevo", dijeron los puertorriqueños que el 18 de octubre de 1898 observaron bajar la bandera española y con ella el fin de la autonomía. La Carta Autonómica tiene un gran valor histórico. En aquella ocasión lograron mayores libertades políticas y económicas. Hoy se debe recoger aquellas gestas para definir con certeza las aspiraciones mayoritarias del país. La Carta Autonómica, a cien años de su instauración.

(El autor es estudiante del programa graduado de Historia en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe en el Viejo San Juan.)

Artículo publicado en el periódico regional El Nuevo Impacto que circula en la ciudad de Guayama, Puerto Rico, en su edición de 26 de noviembre al 2 de diciembre de 1997.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

El 23 de septiembre de 1868: El Grito de Lares, una gesta histórica

Obelisco conmemorativo Grito de Lares
Plaza de la Revolución Lares.
Foto del autor (2013)
Puerto Rico recuerda hoy la gesta de hace 150 años cuando puertorriqueños de distintas clases sociales, se levantaron en contra del gobierno español en la Isla. Fueron cientos quienes, la noche del 23 de septiembre de 1868, salieron de la hacienda de Manuel Rojas, en el barrio Pezuelas de Lares, a tomar las riendas del país.

¿Qué pasaba en Puerto Rico que provocó aquel acontecimiento que hoy recordamos? En primer lugar, el gobierno español había llamado a los puertorriqueños y cubanos a constituir en lo que se denominó como la Junta Informativa de Ultramar en 1865. Aquella Junta resultó en un fracaso. Los puertorriqueños que participaron de la Junta- entre ellos el abogado hormiguereño Segundo Ruiz Belvis- peticionaban reformas administrativas, además de la abolición de la esclavitud inmediata con o sin indemnización. Los cubanos querían reformas también, pero tenían sus reservas en cuanto a la abolición inmediata de la esclavitud.

Ante la negativa del gobierno español en atender los asuntos políticos de sus dos últimas colonias en América, la Junta se disuelve y los comisionados regresaron a Puerto Rico. Tan pronto Segundo Ruiz Belvis pisó tierra en la Isla, el gobernador de Puerto Rico, el general Marchessi, ordenó su arresto en unión a otros más, entre ellos el médico Ramón Emeterio Betances. El gobernador general los acusaba de ser los autores del motín de los artilleros de San Juan, quienes se habían amotinados en protesta por las malas condiciones de trabajo que mantenían en San Juan. A estos, no se les extendió los aumentos de sueldos que se les había otorgados a los militares en la península. Sin embargo, cabe destacar, que tanto Ruiz Belvis como Betances, no tuvieron nada que ver con dichos sucesos.

Betances como Ruiz Belvis, fueron desterrados de la Isla por el gobernador, y enviados a España. De hecho, el gobernador los había tachado de "conspiradores". En el trayecto, con la parada en la isla de Saint Thomas, ambos lograron burlar la vigilancia y salir rumbo a Santo Domingo y de allí a Nueva York. En esta última, se unieron a líderes cubanos, que habían formado la Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico, a la cual se unieron tanto Betances, Ruiz Belvis, así como otro médico puertorriqueño que había sido desterrado de su país, José Francisco Basora. Estos denuncian las condiciones de los puertorriqueños, especialmente los de las clases jornaleras. Hay que recordar que el régimen español había impuesto el régimen de la libreta de jornaleros durante en el año de 1848, siendo un sistema opresor para el campesino puertorriqueño.

Templo Parroquial Católico de Lares. Foto del autor (2013).
Como parte de la ruta revolucionaria que desembocaría en Lares en septiembre de 1868, había que contar con apoyo. Segundo Ruiz Belvis, es enviado a Chile, con el propósito de procurar ese apoyo. Sin embargo, allí muere- al parecer por causas naturales-.

Posteriormente, Betances viajó a Santo Domingo y allí constituyó la Junta Revolucionaria de Puerto Rico, con la ayuda de amigos entre estos: Celis Aguilera, Carlos Elio Lacroix, Francisco José Basora, Mariano Ruiz Belvis y, bien interesante, el arzobispo de Santo Domingo, Fernando Arturo Meriño. El médico Betances, esperaba recibir la ayuda del gobierno dominicano, entre estas se encontraba el suministro de armas.

Ramón Emeterio Betances, circuló en noviembre de 1867 su proclama titulado: Diez Mandamientos de los hombres libres, donde exigía la abolición de la esclavitud, libertades de culto, de palabra, de imprenta; el derecho a votar los impuestos, entre otros derechos fundamentales del pueblo. Ese documento se le puede considerar como la base principal de las denuncias puertorriqueñas contra el régimen español.

A la formación de la junta revolucionaria en Santo Domingo y la proclama, le siguió la constitución de los comités revolucionarios locales en la Isla. Los comités constituidos y que- algunos de estos- participaron de la revolución en Lares el 23 de septiembre de 1868, fueron: Capá Prieto, por Mayagüez; Centro Bravo, en Lares; Lanzador del Norte, en Camuy; Lanzador del Sur, en Ponce, y, El Porvenir, en San Sebastián.

Esa noche, la del 23 de septiembre de 1868, cerca de mil personas marcharon hasta la Alcaldía de Lares tomando la misma y encarcelando al alcalde y al secretario municipal; de allí, a la plaza pública donde quemaron cientos de libretas de jornaleros y libros de contabilidad; posteriormente, proclamaron la República de Puerto Rico en la santa iglesia Católica de Lares, donde el párroco de la misma presidió un "Te Deum", en acción de gracias. Francisco Ramírez, se convertía en el primer presidente de la República de Puerto Rico.

Detalles del Obelisco en Plaza de la
Revolución de Lares. Foto del autor (2013)
Los que participaron de la gesta de Lares esa noche y la madrugada del 24 de septiembre de 1868 trasladados a San Sebastián, fueron campesinos, jornaleros, algunos profesionales, hacendados, libertos, entre otros. Estos grupos agobiados por los altos impuestos que cobraba tanto el estado como el municipio, se levantaron contra el régimen español. Su consigna era la de "libertad", según consta en las causas seguidas contra estos en Aguadilla.

El Grito de Lares no terminó esa noche y madrugada; dias y semanas tardaron las autoridades en apresar a varios de los participantes de Lares. Muchos de estos se internaron en la cordillera al oeste de Puerto Rico. Tal fue el caso de Carlos Elio Lacroix, entre otros.  Al gobierno español no le quedó otro remedio que suspender las causas contra los revolucionarios de Lares al entrar el año de 1870.

El Grito de Lares se convirtió en la conciencia del pueblo puertorriqueño. Allí denunciaban la opresión del sistema que por casi 400 años mantenía al pueblo de Puerto Rico sin libertades alguna. Celebremos esta gesta histórica.

Para más información les invito a buscar en las bibliotecas los siguientes textos:

Andrés Sánchez Tarniella, "El significado del Grito de Lares." En: Andrés Sánchez Tarniella, Obra completa, Tomo III. (San Juan, Puerto Rico: Ediciones Bayoán, 1997).

Ernesto Juan Fonfrias, El Grito de Lares: Símbolo de Puertorriqueñidad. (San Germán, Puerto Rico: Círculo de Recreo de San Germán, 1972).

Eugenio Fernández Méndez, El significado histórico del Grito de Lares. 3ra edición. (San Juan, Puerto Rico: First Publishing of Puerto Rico, 1998).

Francisco Moscoso, La Revolución Puertorriqueña de 1868: El Grito de Lares. (San Juan, Puerto Rico: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2003).

Lidio Cruz Monclova, El Grito de Lares. (San Juan, Puerto Rico: División de Educación a la Comunidad e Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1968). (Libros para el pueblo).

José Pérez Moris, Historia de la insurrección de Lares. (Río Piedras, Puerto Rico: Editorial Edil, 1975). (Este libro apareció por primera vez en el año 1872).

Olga Jiménez de Wagenheim, El Grito de Lares: sus causas y sus hombres. (Río Piedras, Puerto Rico: Ediciones Huracán, 1986).

Revista Homines. Universidad Interamericana de Puerto Rico. "El Grito de Lares", edición especial, número extraordinario, Vols. 18 (julio 1994- 95); y 19 (núm. 1), (Julio 1995- enero 1996).  

lunes, 8 de junio de 2015

Una noche especial en la histórica catedral de Guayama

En la noche de ayer domingo, 7 de junio de 2015, se celebró en la Iglesia Católica de Guayama, una misa de celebración muy especial. Se trataba de un hijo guayamés que hace apenas una semana, fue ordenado sacerdote por el obispo de la Diócesis de Ponce, Mons. Félix Lázaro Martínez, me refiero a la ordenación del querido amigo el ahora P. Carlos Collazo.

La misa de celebración especial fue ante casa llena. A esa primera Misa Solemne de P. Carlos Collazo, vinieron compañeros sacerdotes desde pueblos tan distantes como Moca, en el área oeste de Puerto Rico, y desde otros pueblos que forman parte de la diócesis de Ponce, y de Humacao también. Fue una noche muy especial, de mucha emoción para P. Carlos Collazo, al ver que la ciudad que lo vio nacer y desarrollarse en sus calles, se convertía en uno de los siervos de Dios.

El don del sacerdocio es uno especial, y aquellos que han adoptado el mismo, han sentido un llamado especial del espíritu santo para servir a Dios, convencidos que pueden ser instrumentos de fe para aquellos que los necesiten en sus comunidades. El P. Carlos Collazo, desde joven, sintió esa vocación como su estilo de vida. De hecho, fue socio del Club Leo de Guayama, siendo uno de sus mas destacados presidentes. De ahí, esa vocación de servicio a los pobres, y el ejemplo de una comunidad dedicada al servicio, fue de suma importancia en la preparación vocacional de P. Carlos Collazo.

La histórica y mas que centenaria Iglesia de San Antonio de Padua de la Ciudad Guayama, dirigida por los Padres Misioneros Redentoristas, y por el amigo P. José Rached, sintió anoche que las oraciones para la vocación del sacerdocio no han sido en vano. Nos enteramos de otro joven guayamés que también cursa sus estudios en el Seminario Diocesano de Ponce, también va dirigido a esa vocación especial.

A P. Carlos Collazo, el pueblo católico, no lo dejó solo. Las palabras del padre que ofreció la homilia de la noche, fueron mas que atinadas, demostró que P. Carlos Collazo, tiene la fe y la fortaleza para emprender este nuevo camino que Dios que le ha llamado a seguir.

Mas que de celebración fue de júbilo en la Misa Solemne del P. Carlos Collazo. Allí llegó gente de Patillas, Arroyo, Salinas, y hasta de barrios distantes de Guayama: en fin, desde los rincones mas apartados de Guayama, de todas las clases sociales y de las autoridades municipales representadas por su alcalde Eduardo E. Cintrón Suárez, dijeron presentes al P. Carlos Collazo en su nueva misión evangelizadora.

Enhorabuena al amigo, al P. Carlos Collazo.